Internacional

¿Cómo el mundo ignoró la propagación silenciosa?

Desde las primeras pruebas, principales funcionarios de salud en el mundo no dieron importancia al contagio asintomático

Andrew Testa / The New York Times

The New York Times

martes, 30 junio 2020 | 06:00

Munich– Camilla Rothe estaba a punto de salir a cenar cuando el laboratorio del Gobierno la llamó para darle la sorprendente noticia de que la prueba que había solicitado resultó positiva. Era el 27 de enero. Acababa de descubrir el primer caso del nuevo coronavirus en Alemania.

Sin embargo, el diagnóstico no tenía sentido. Su paciente, un empresario de una compañía cercana de autopartes, sólo pudo haberse infectado a través de una persona: una colega que estaba de visita desde China. Nadie pensó que esa colega pudiese tener el virus.

La visitante había parecido perfectamente sana durante su estancia en Alemania. No tosió ni estornudó ni mostró señales de fatiga ni fiebre durante dos días de largas reuniones. Les dijo a sus colegas que había comenzado a sentirse enferma después de su vuelo de regreso a China. Días más tarde, dio positivo a la prueba de coronavirus.

En ese momento, los científicos creían que sólo las personas con síntomas podían propagar el coronavirus.

“Las personas que saben mucho más acerca del coronavirus que yo estaban absolutamente seguras”, recordó Rothe, especialista en enfermedades infecciosas del Hospital de la Universidad de Múnich.

Sin embargo, si los expertos se equivocaban –si el virus podía propagarse mediante enfermos aparentemente sanos que aún no habían desarrollado síntomas– las ramificaciones eran posiblemente catastróficas. Las campañas públicas de concientización, los filtros en los aeropuertos y las políticas de confinamiento en caso de enfermedad quizá no lo detendrían.

Rothe y sus colegas fueron algunos de los primeros en advertírselo al mundo. Sin embargo, aunque se acumulaban las pruebas de otros científicos, los principales funcionarios de salud expresaron con una seguridad inquebrantable que la propagación asintomática no era importante.

En los días y semanas siguientes, los políticos, funcionarios de salud pública y académicos rivales menospreciaron o ignoraron al equipo de Múnich. Algunos se esforzaron de manera activa para socavar las advertencias en un momento crucial, mientras la enfermedad se propagaba sin dar señales.

Respondieron lentamente

La resistencia a las pruebas emergentes fue parte de la respuesta lenta del mundo al virus.

Es imposible calcular el número de víctimas que causó ese retraso, pero los modelos sugieren que las acciones tempranas y agresivas quizá habrían salvado decenas de miles de vidas.

Incluso ahora, con más de 10 millones de casos en todo el mundo y un número de muertes que supera las 500 mil, el Covid-19 sigue siendo un acertijo sin respuesta. No obstante, está claro que varios países han errado en su respuesta, subestimado el virus e ignorado sus propios planes de emergencia.

También es dolorosamente claro que el tiempo era un elemento esencial para frenar el virus, y que se malgastó demasiado.

La noche de la primera prueba positiva de Alemania, Rothe redactó un correo electrónico dirigido a una decena de médicos y funcionarios de salud pública.

“Las infecciones de hecho pueden transmitirse durante el período de incubación”, escribió.

Rothe decidió que debía sonar la alarma. Su jefe, Michael Hoelscher, envió un correo electrónico a The New England Journal of Medicine. “Creemos que esta observación es de suma importancia”, escribió.

Los editores respondieron de inmediato. ¿Cuán pronto podrían ver el artículo?

La mañana siguiente, el 30 de enero, funcionarios de salud entrevistaron a la empresaria china por teléfono. Hospitalizada en Shangái, explicó que había empezado a sentirse enferma en el vuelo de regreso a casa. En retrospectiva, quizá había tenido dolores o fatiga leves, pero los había atribuido a un largo día de viajes.

Cuando los funcionarios de salud describieron la llamada, Rothe y Hoelscher rápidamente terminaron y enviaron su artículo. Rothe no le habló a la paciente, pero dijo que recurrió al resumen de la autoridad sanitaria.

En cuestión de horas, se publicó en línea, sin embargo, lo que no sabían los autores era que, en un suburbio a 20 minutos de distancia, otro grupo de médicos también se había apresurado a publicar un informe. Ninguno sabía en qué estaba trabajando el otro, una diferencia aparentemente pequeña que tendría implicaciones globales.

Divisiones académicas

El segundo grupo estaba conformado por funcionarios de la autoridad sanitaria bávara y la agencia nacional de salud de Alemania, conocida como Instituto Robert Koch. Su equipo, dirigido por la epidemióloga bávara Merle Böhmer, envió un artículo a The Lancet, otra revista médica de primera. Sin embargo, el grupo hospitalario de Múnich los había superado por tres horas.

Böhmer dijo que el artículo de su equipo, que como resultado no fue publicado, había llegado a conclusiones similares, pero las redactaron de manera ligeramente distinta. Rothe había escrito que los pacientes parecían ser contagiosos antes del inicio de cualquier síntoma. El equipo del Gobierno había escrito que los pacientes parecían ser contagiosos antes del inicio de todos los síntomas, en un momento en que los síntomas eran tan leves que la gente quizá ni siquiera los reconocía.

Después de dos largas llamadas telefónicas con la mujer, los médicos del Instituto Robert Koch estaban convencidos de que simplemente no había podido reconocer sus síntomas. Escribieron al editor de The New England Journal of Medicine para poner en duda los hallazgos de Rothe.

‘Un gran problema’

Ese fin de semana Andreas Zapf, dirigente de la autoridad sanitaria bávara, llamó a Hoelscher, de la clínica de Munich. “Mira, la gente de Berlín está muy enojada por tu publicación”, dijo Zapf, según Hoelscher.

Sugirió cambiar la redacción del informe de Rothe y reemplazar su nombre con el de los miembros del grupo de trabajo del gobierno, comentó Hoelscher. No obstante, él se rehusó.

La agencia sanitaria no quiso hablar de la llamada telefónica.

Hasta entonces, dijo Hoelscher, su informe había parecido directo. Ahora era claro: “Políticamente, éste era un gran problema”.

El lunes 3 de febrero, la revista Science publicó un artículo en el que describió el informe de Rothe como “defectuoso”. Science informó que el Instituto Robert Koch le había escrito al New England Journal para rebatir sus hallazgos y corregir un error.

El informe de Rothe rápidamente se convirtió en símbolo de las investigaciones apresuradas. 

Mutación del virus

En la segunda semana de febrero, Böhmer, del equipo bávaro de salud, recibió una sorprendente llamada telefónica.

Los virólogos habían descubierto una mutación genética sutil en las infecciones de dos pacientes del foco infeccioso de Múnich. Se habían cruzado durante un momento muy breve: uno le pasó el salero al otro en la cafetería de la compañía, cuando ninguno tenía síntomas. Su mutación compartida dejó claro que uno había infectado al otro.

Böhmer se había mostrado escéptica acerca de la propagación asintomática. Pero ahora no había duda, por lo que sonó la alarma. 

Dijo que de inmediato compartió el hallazgo, y su importancia, con la OMS y el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, pero ninguna organización incluyó el descubrimiento en sus informes regulares.

Los funcionarios europeos de salud dijeron que se mostraban renuentes a reconocer la propagación silenciosa porque las pruebas estaban llegando poco a poco y las consecuencias de una falsa alarma habrían sido graves.

En retrospectiva, los funcionarios de salud debieron haber dicho que sí: la propagación asintomática estaba ocurriendo y no entendían cuál era su prevalencia, comentó Agoritsa Baka, doctora estadounidense sénior. Sin embargo, hacerlo, dijo, habría sido igual a una advertencia implícita a los países: lo que están haciendo quizá no sea suficiente.

Aun así, la OMS está enviando señales confusas.