Opinion El Paso

El combate al virus en la peste de Trump

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Roger Cohen / The New York Times

miércoles, 09 septiembre 2020 | 06:00

Nueva York— El otro día, una amiga abrió su armario y sintió como si estuviera mirando la ropa de alguien que había muerto. Pertenecían al mundo de ayer. No le encontraba ninguna utilidad en la era del coronavirus. Era como ver la ropa de su abuela después de que hubiera fallecido.

En esta época, todos sentimos esas sacudidas. Yo supuse que no me enfermaría de Covid-19 si tomaba las precauciones básicas, pero ahora tengo la enfermedad. Siento la cabeza como si fuera una col. El dolor baja hacia los brazos y las piernas. Así que, querido lector, esta vez te pido un poco de comprensión, por favor.

Comencé a tener síntomas el 27 de agosto: una punzada aguda en la garganta que había salido de la nada. Un taxista me dijo: “Señor, está tosiendo”. Le contesté: “lo sé, perdón, trataré de no toser”.

Estoy en un departamento que he rentado en París por un par de semanas. Posé los ojos sobre un ejemplar que había en el librero de “El mundo de ayer” de Stefan Zweig escrito en Brasil antes de que él y su esposa, Charlotte Altmann, se suicidaran en 1942. Zweig, un escritor judío nacido en Viena en un imperio que ya no existía, cuyos libros fueron quemados en una Europa reducida a la barbarie, escribió: “Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis”.

Mis síntomas empeoraron al día siguiente. Tenía 38 grados de temperatura. Se alternaban las descargas de calor con los temblores. Mi mente era un remolino. Entonces, así es. La peste que detuvo el mundo. Sentía más curiosidad que temor. Es difícil sacudirte la costumbre cuando toda tu vida has sido un observador.

Desde que comenzó la pandemia, al igual que toda la gente, me he preguntado cómo hay que vivir. “Cuídate” no es ninguna pauta para una vida que valga la pena vivir. Si te rindes ante el temor, ya todo está terminado. Mis experiencias y mis recuerdos más intensos están asociados con el riesgo. Cuando te das por vencido, no hay nada por hacer. Sin embargo, ahora se debía tener prudencia ante un enemigo invisible.

Durante más de tres meses, casi no salí de mi barrio de Brooklyn. Estaba de luto por Nueva York. Intenté acostumbrarme a renunciar a la convivencia y a escuchar a mis cinco nietos, de dos a seis años, pronunciar la palabra “coronavirus”.

Lo intenté y fracasé. Sin embargo, tenemos que adaptarnos al virus, así que hay que aceptarlo. Es la primera advertencia de la vida. Me fui a Georgia en automóvil, hice algunos reportajes y escribí. Vine a Europa a ver y a escuchar.

El libro de Zweig se abrió en este pasaje: “He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

Donald Trump, mi presidente, es un nacionalista orgulloso. Adopta su mitología de la violencia mientras coquetea con el cataclismo. ¡Salten!, dice él. ¿Cuán alto?, dice su gabinete. Está preparado para pelear sus batallas hasta las últimas consecuencias. Si cae, será entre las llamas.

El virus es muy letal, pero te juega tretas. Da un cierto respiro que nos tienta a seguir con nuestras actividades y luego nos golpea con un mazo. El fin de semana pasado ya me sentía mejor hasta que me comí una tarta de durazno. Es escalofriante sentir la textura sin sentir el sabor. Una Coca con hielo y limón no era más que burbujas. Mi cuerpo era alguien extraño. Ahí estaba, peleando en algún lugar. La lucha le exigía toda su energía. No me quedaba nada para mí.

Fijaba la mirada en las paredes. Pensaba que mi mundo había desaparecido. Había vivido más de la mitad de mi existencia en la Guerra Fría y ya a nadie le importa eso, ni tampoco los valores que nos legó. Recordé una frase de Albert Camus: “El vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se permite entonces matar”.

Durante tres horas, me formé en una fila para que me hicieran una prueba gratuita para detectar el coronavirus. La doctora me dijo que el hisopo dentro de la nariz sería “desagradable, pero no dolería”. Luego me apuñaló el cerebro con algo parecido a una delgada aguja para brochetas. “Me dolió”, le dije.

El resultado de la prueba, que recibí dos días después, fue “positivo”. Sabía que lo sería, pero de todas maneras fue duro leer el resultado del laboratorio. No sé bien por qué. Tal vez por saber a ciencia cierta que dentro de nuestro cuerpo hay un virus que podría matarnos. Pero hay otras muchas cosas que también pueden hacerlo, y la muerte es lo único que es seguro en esta vida… pero no detenemos el mundo por ello. Tratamos de hacer que la vida sea mejor. Esa es la única salida.

La peste ha regresado. De hecho, como lo señaló Camus, nunca se va. Está esperando a explotar la torpeza. Trump quiere violencia. No hay que proporcionársela. Pongamos la otra mejilla. Seamos estoicos. Seamos quienes detengan el tanque parándonos en frente.

Estoy atrincherado. Pero las oportunidades que tengo de sobrevivir son mejores que las de algún líder de oposición en la Rusia del amigo de Trump. Mi hija y su esposo, ambos médicos, dicen que mi caso es leve. Creo que contraje la enfermedad en un abarrotado bar de París donde estuve viendo un partido de fútbol. Para mí, todavía es una incógnita saber qué es más importante, si el fútbol o la vida.

El epígrafe del libro de Zweig es una cita tomada de “Cimbelino”, de Shakespeare:

“Acojamos el tiempo tal como él nos quiere”.

Seguiré intentando hacerlo. Si no queremos que a todos nos devore el rostro naranja de la peste, todos debemos luchar de la misma manera en que mi cuerpo lucha con todas sus fuerzas para deshacerse del enemigo que se ha metido en mi interior.