Opinion El Paso

El culto al egoísmo está matando a Estados Unidos

Estamos fracasando estrepitosamente tanto en el frente epidemiológico como en el económico. Pero, ¿por qué?

Paul Krugman / The New York Times

miércoles, 29 julio 2020 | 06:00

Nueva York— La respuesta de Estados Unidos al coronavirus ha sido una propuesta en la que todos han salido perdiendo.

El Gobierno del presidente Donald Trump y los gobernadores como el de Florida, Ron DeSantis, insistieron en que no había disyuntiva entre el crecimiento económico y el control de la enfermedad, y tenían razón, pero no de la manera que esperaban.

La reapertura prematura condujo a un aumento de las infecciones: ajustado a la población, los estadounidenses están muriendo actualmente por Covid-19 a un ritmo 15 veces mayor que en la Unión Europea o Canadá. Sin embargo, la veloz recuperación tipo “cohete espacial” que prometió Trump se ha estrellado y quemado: el crecimiento del empleo parece haberse estancado o revertido; en particular, en los estados más prestos a levantar las órdenes de distanciamiento social, y los primeros indicios son que la economía de Estados Unidos se está rezagando en comparación con las economías de las principales naciones europeas.

Así que estamos fracasando estrepitosamente tanto en el frente epidemiológico como en el económico. Pero, ¿por qué?

Aparentemente, la respuesta es que Trump y sus aliados estaban tan ansiosos por ver crecer rápidamente las cifras del empleo que ignoraron tanto los riesgos de infección como la manera en que una pandemia resurgente debilitaría la economía. Como un servidor y otros hemos dicho, fallaron la prueba del malvavisco, sacrificando el futuro porque no estaban dispuestos a mostrar un poco de paciencia.

No hay duda de que esa explicación dice mucho, pero no es la historia completa.

En primer lugar, la gente realmente enfocada en reiniciar la economía debería haber sido gran partidaria de las medidas para limitar las infecciones sin perjudicar a las industrias: principalmente, haciendo que los estadounidenses usen cubrebocas. En cambio, Trump ridiculizó a los que llevaban cubrebocas al decir que eran “políticamente correctos”, mientras que los gobernadores republicanos no solo se negaron a ordenar el uso del cubrebocas, sino que impidieron que los alcaldes impusieran reglas locales sobre su utilización.

Además, los políticos deseosos de ver la recuperación de la economía deberían haber querido mantener el poder adquisitivo de los consumidores hasta que los salarios se recuperaran. En cambio, los senadores republicanos ignoraron la inminente expiración el 31 de julio de las prestaciones especiales por desempleo, lo cual significa que decenas de millones de trabajadores están a punto de ver un gran golpe a sus ingresos, cuestión que perjudicará a la economía en general.

Entonces, ¿qué estaba pasando? ¿Nuestros líderes eran simplemente estúpidos? Bueno, puede ser. Pero el comportamiento tremendamente autodestructivo de Trump y sus aliados tiene una explicación más profunda: todos le rindieron culto al egoísmo de Estados Unidos.

Verán, la derecha moderna estadounidense está comprometida con la propuesta de que la avaricia es buena, de que todos estamos mejor cuando los individuos se comprometen en la búsqueda irrestricta del interés propio. En su opinión, la maximización sin restricciones de las ganancias por parte de las empresas y la elección no regulada de los consumidores es la receta para una buena sociedad.

En todo caso, el apoyo a esta propuesta es más emocional que intelectual. Desde hace tiempo me ha llamado la atención la intensidad de la ira de la derecha contra regulaciones relativamente triviales, como las prohibiciones de fosfatos en detergentes y las normas de eficiencia de los focos. Es el principio de la cosa: a muchos en la derecha les molesta cualquier sugerencia de que sus acciones deben tener en cuenta el bienestar de los demás.

En ocasiones este enojo se hace pasar por amor a la libertad. Sin embargo, a esos que insisten en el derecho a contaminar parece no molestarles en particular, por ejemplo, que los agentes federales arrojen gases lacrimógenos a manifestantes pacíficos. Lo que llaman “libertad” en realidad es ausencia de responsabilidad.

Sin embargo, las políticas públicas durante una pandemia tienen que ver con asumir la responsabilidad. La razón principal por la que no se debería ir a un bar y sí se debería usar un cubrebocas no es la autoprotección, si bien tiene que ver; la cuestión es que congregarse en espacios ruidosos y llenos de gente o exhalar gotículas en el aire acondicionado compartido pone en riesgo a los demás. Y ese es el tipo de cosas que la derecha estadounidense simple y llanamente odia escuchar.

De hecho, a veces parece como si las personas de derecha insistieran en comportarse de modo irresponsable. ¿Recuerdan cómo el senador Rand Paul, a quien le preocupaba haber contraído Covid-19 (que así era), deambuló por el Senado e incluso usó el gimnasio mientras esperaba los resultados de sus pruebas?

El enojo ante cualquier sugerencia de responsabilidad social también ayuda a explicar la inminente catástrofe fiscal. Es sorprendente cuánto se oponen muchos republicanos al aumento provisional de las prestaciones por desempleo; por ejemplo, el senador Lindsey Graham declaró que estas prestaciones se extenderían “sobre nuestros cadáveres”. ¿Por qué tanto odio?

No es porque las prestaciones estén haciendo a los trabajadores menos dispuestos a aceptar trabajos. No hay evidencia de que esto esté sucediendo, es solo algo que los republicanos quieren creer. Y, en cualquier caso, los argumentos económicos no pueden explicar la ira.

De nuevo, es el principio. Ayudar a los desempleados, incluso si su desempleo no es culpa suya, es una admisión tácita de que los estadounidenses afortunados deben ayudar a sus conciudadanos menos afortunados. Y esa es una admisión que la derecha no quiere hacer.

Solo para que quede claro, no estoy diciendo que los republicanos sean egoístas. Nos iría mucho mejor si eso fuera todo. Más bien, la cuestión es que han sacralizado el egoísmo, dañando sus propias perspectivas políticas con la insistencia en el derecho a actuar de manera egoísta incluso cuando es en detrimento de los demás.

Lo que el coronavirus ha revelado es el poder del culto al egoísmo de Estados Unidos. Y este culto nos está matando.