Opinion El Paso

Trump, el troglodita

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Frank Bruni / The New York Times

lunes, 29 junio 2020 | 06:00

Nueva York– Hay líderes que están adelantados a su época, líderes que están desfasados, y luego está Donald Trump, que viene de una época totalmente diferente. Está atrapado en un momento más cercano a la Edad de Piedra que al levantamiento de Stonewall, y la Corte Suprema se lo acaba de decir.   

El lunes, en una decisión de 6 a 3, los magistrados dictaminaron que las personas homosexuales y transgénero están protegidas por una histórica ley federal de derechos civiles. Fue un hito impresionante en los avances de la comunidad LGBTQ. También fue un golpe bajo para Trump, cuyo gobierno se ha desvivido no solo para frenar el progreso logrado durante los años de Obama sino para volver atrás en el tiempo. 

La Corte, incluso con dos jueces nombrados por Trump, se mueve al ritmo de la sociedad moderna que le rodea. Trump solo se rebaja ante su base miope. Y aunque el mandatario no suele tener idea de cuál es la opinión pública, la corte parece estar al menos un poco alineada con ella, tal como se vio en el fallo de 5 a 4 que dio el jueves para rechazar el intento del presidente de sabotear un programa que protege a los inmigrantes conocidos como “dreamers” de la deportación. En algunas encuestas, cerca de tres cuartas partes de la población estadounidense apoyan ese programa.  

“¿Les da la impresión de que no le caigo bien a la Corte Suprema?”, tuiteó Trump justo después de que se diera a conocer la decisión respecto al programa de inmigración. A mí solo me da la impresión de que una mayoría de los magistrados están cuerdos.    

Uno de los mayores enigmas de la presidencia de Trump es cómo un hombre tan increíblemente desconectado de la visión de tantos estadounidenses termina siendo su líder. Además, se desconecta más con cada segundo que pasa. 

Mientras el resto del país evoluciona de “Lo que el viento se llevó” a “12 años de esclavitud”, Trump se aferra a Tara con más obstinación que Scarlett. Mientras la NFL al fin aprueba el deseo de muchos jugadores que quieren arrodillarse durante el himno nacional, Trump sigue maldiciendo esa práctica.

Mientras el Juneteenth, el Día de la Libertad, se posiciona más profundamente en la conciencia nacional —además de que se ha mencionado, año tras año, en comunicados oficiales de la Casa Blanca— Trump necesita que un agente negro del Servicio Secreto le explique qué es, tal como informó el jueves Michael Bender de The Wall Street Journal.

Si Joe Biden es “sleepy Joe”, en medio de un gran despertar cultural, Trump está tan perdido como Rip van Winkle. Y si alguna vez se despierta de su siesta de inconsciencia cultural, solo querrá comer pastel de carne para el almuerzo y un bistec bien cocido para la cena. Es un hombre imposiblemente carnívoro en un mundo cada vez más vegetariano. 

No hay agenda ni sensibilidad presidencial que esté en perfecta armonía con el estado de ánimo del país y el zeitgeist cultural, pero la disonancia de Trump es ensordecedora. 

Cuando los estadounidenses se volvieron dependientes del Obamacare, Trump lo desapareció. Cuando los estadounidenses estaban dispuestos a considerar las restricciones a las armas de fuego, Trump se volvió más sumiso ante la Asociación Nacional del Rifle. Cuando los estadounidenses empezaron a concentrarse en el cambio climático, Trump redobló las perforaciones submarinas. Piensa que tomar la postura contraria lo vuelve valiente, cuando en realidad solo lo convierte en alguien obtuso. Es un anacronismo carente de imaginación disfrazado de visionario. 

De hecho, tengo una nueva teoría sobre por qué eligió a ese compañero de fórmula. Mike Pence, quien llama “madre” a su esposa, Karen, es uno de los pocos hombres en Estados Unidos que hace que Trump parezca sumamente posmoderno. 

Además, ese maldito muro, ¿qué decir de esa miserable alucinación que es el centro de la identidad política de Trump? Una encuesta tras otra ha demostrado que los estadounidenses no lo quieren, ni aunque lo pague México, aunque lo paguen los marcianos, aunque Trump, Pence y “Javanka” se pongan overoles de trabajo y construyan esa monstruosidad con sus propias manos. (De hecho, —corrijo— sospecho que la mayoría de los estadounidenses sí apoyarían esa última propuesta, y el margen a favor sería más amplio si Stephen Miller y Betsy DeVos se unieran al equipo de construcción).

Uno pensaría que un hombre tan irreflexivo sobre su país jamás podría ganarse el afecto y la aprobación de una mayoría de sus ciudadanos. Y esa sería una suposición acertada. Trump es el producto y el emblema del poder de las minorías, el beneficiario ridículamente afortunado de circunstancias políticas ridículas. 

Tuvo casi tres millones de votos menos que Hillary Clinton; recibió el 46 por ciento del voto popular. Pero gracias a las exigencias del Colegio Electoral, llegó a la presidencia. 

La mayoría de los candidatos —y los presidentes— empiezan a sudar cuando sus índices de aprobación están por debajo del 50 por ciento. Trump bailotea cuando los suyos apenas se acercan a ese porcentaje. 

Con la llegada de la pandemia del coronavirus, la discordancia entre Trump y su propio país se intensificó. De vez en cuando, enfurecía y despotricaba contra el confinamiento social y otras medidas de precaución, aunque la mayoría de los estadounidenses las apoyaban. 

Su perspectiva sobre las recientes manifestaciones antirracistas, su léxico al hablar sobre la brutalidad policial y algunas de sus posturas necias con respecto a la justicia racial van en contra de las corrientes cada vez más poderosas en Estados Unidos, en las que la mayoría de las personas acoge el movimiento Black Lives Matter. Su negativa a renombrar las bases militares que rinden homenaje a los hombres que lucharon a favor de la Confederación incluso va en contra de los deseos de los jefes militares.  

¿Y en cuanto a los derechos de las personas homosexuales? Es un ejemplo de su retroceso. Pasó de hacer un llamado a proteger a los estadounidenses LGBTQ en la Convención Nacional Republicana en 2016 (un discurso ligeramente malinterpretado, como ya expliqué antes) a perjudicarnos desde entonces. 

Su gobierno ha llenado los tribunales federales de jueces hostiles hacia los derechos de las personas homosexuales. Ha prohibido que los estadounidenses transgénero se inscriban en el servicio militar. Ha apoyado a los estadounidenses que, con base en sus creencias religiosas, no quieren prestar servicios médicos a los estadounidenses de la comunidad LGBTQ, ni hornearnos un pastel. En junio del año pasado, cuando las embajadas estadounidenses solicitaron permiso para ondear una bandera de arcoíris en honor al mes del orgullo LGBTQ, el Departamento de Estado se negó.

En los días anteriores al fallo histórico del lunes de la Corte Suprema, el gobierno de Trump revocó un dictamen del gobierno de Obama que prohibía la discriminación en contra de las personas transgénero en el sector salud. Además, la postura del gobierno —que reiteró ante la Corte Suprema— es que los derechos civiles federales no impiden, ni deberían impedir, que un empleado homosexual sea despedido a causa de su orientación sexual. La corte se permitió disentir.  

Pero los estadounidenses también están en desacuerdo, por un margen muy amplio. Una lección que podemos aprender de todas las discrepancias entre la opinión pública y la de Trump es que si un presidente convence a Estados Unidos de que él (o, quizá pronto, ella) está gestionando la economía con éxito, tiene mucha libertad para ser un tirano y un troglodita. Otra es, como lo mencioné anteriormente, que el sistema está al menos un poco averiado.  

Una tercera lección es que Trump no viajó a su destino presidencial sobre las tan mencionadas escaleras eléctricas de la Torre Trump, sino en una máquina del tiempo. Espero que tenga bien cargadas sus baterías para que, después de noviembre, alcancen a regresarlo al pasado.