Opinión

El ADN de Juárez

Cuando de niños nos pedían representar el paisaje de una ciudad no faltaba quien dibujaba una serie de rectángulos con salientes verticales coronadas

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 13 enero 2021 | 06:00

Cuando de niños nos pedían representar el paisaje de una ciudad no faltaba quien dibujaba una serie de rectángulos con salientes verticales coronadas de espirales hacia el cielo pintadas de gris… ¡eso era modernidad y progreso en una mente infantil! Ahora estamos en medio de esos paisajes otrora idealizados, añorando aquellos que teníamos y dejamos en el olvido.

Hoy todos los indicadores apuntan hacia Juárez como una ciudad industrial, vocación económica preponderante que le ha sido asignada por la ubicación política que le confiere estar situada en la frontera con Estados Unidos, sin embargo, su vocación natural es otra: un asentamiento agrícola.

En esta tierra, el agua desbordada del cauce del río dio vida a los campos como en ningún lugar en el desierto: por eso, y no por alguna otra razón, estamos aquí.

Con el tiempo, misioneros e indígenas nativos, entre que sacaban provecho de la pendiente de la tierra y convencían a la topografía para volverse a su favor, condujeron el agua a través de los campos para hacer llegar el agua un poco más allá. Así, el sistema de irrigación a base de acequias que llegaba aun al Valle de Juárez, muy primitivo, sí, pero sumamente eficiente, es el fundamento que dio origen a nuestra región y pilar de su economía hasta antes de la llegada relativamente reciente, si lo vemos desde una perspectiva histórica, de la industria maquiladora.

Empeñosos como somos para borrar la historia y obstinados por perseguir la modernidad gris que tanto idealizamos, hemos perseverado en borrar de nuestra historia aquellos paisajes que la Acequia Madre y la Acequia del Pueblo se empeñaron por siglos en obsequiarnos. Hoy olvidadas ellas y perdidos los caminos que las flanqueaban, aparecen aleatoria y repentinamente en su recorrido a lo largo de la ciudad: de pronto, la Acequia Madre confinada en los traspatios de las casas, se convierte en un tesoro aquilatado sólo por algunos que han aprovechado su presencia para goce personal, o para ambientar la terraza de su fonda con un paisaje ante el que nada tienen que hacer las mundanas paredes rectas recubiertas de ondulantes plásticos de colores verdes. Otras obras muy modernas, como centros comerciales, el Río Grande, las han negado totalmente, cubriéndolas como si su presencia les ofendiera. Con sus luces y con sus sombras, a la Acequia del Pueblo se le ha asignado una tarea más noble: conducir las aguas pluviales que proceden de la Sierra de Juárez.

Las acequias nos han dado identidad e historia y nosotros las hemos puesto en entredicho.

No existen opciones para salvarlas, dicen algunos, pero aun contra todo ello siempre estarán ahí, eso pienso yo cuando veo las huellas imborrables de un papel sobre el que se ha escrito una vez, sobre otra, y miles. Así son ellas. Se resisten a morir: nos topamos con ellas aún sin querer. Algunos de sus tramos van al centro de las vialidades, en otras se les ha cubierto totalmente. A veces las vemos cruzar las calles y otras tantas escondidas tras los muros industriales, siempre con hierba, basura, animales muertos, mallas porosas y desaliñadas. ¿Las han visto? Pero existe el contraste: unos las valoran tanto que las introducen a su propia vivienda; más allá, por Campos Elíseos se vuelven parte del paisaje privilegiado para volver, poco después, a retomar el olvido.

La puesta en escena de la industria maquiladora y los intereses inmobiliarios, en complicidad con algunos gobernantes, han apostado al abandono y lo siguen haciendo, desestimando el trabajo de la tierra y callando el reclamo de la actividad agrícola del Valle de Juárez para “olvidar” su razón de ser.

Hay mucho qué decir para colocar a las acequias en su justo nivel: su importancia histórica, su fundamento para la economía de la región, su real valor como soporte de la vida; hemos hecho huir a especies y arrollado millares de árboles, y permanecemos en silencio.

Lo cierto es que nuestro ADN no está en el humo, ni en las grandes naves habitadas por rutinas; el ADN de Juárez está en esta tierra y en el agua, en los blancos campos de algodón y el cielo limpio. Y así, con los pies sobre el polvo que me ancla y la mirada puesta en la historia, me decido a apreciar el verde del pasto, la sombra del fresno y el canto de las aves, en algún rincón escondido de las verdaderas venas que han dado y noblemente siguen dando vida a mi ciudad.