Opinión

En sentido inverso

La razón de Estado, la decisión de elegir el mal menor, es una de las más complejas que tiene un presidente

Jorge Fernández Menéndez
Analista

miércoles, 18 noviembre 2020 | 06:00

Ciudad de México.- La razón de Estado, la decisión de elegir el mal menor, es una de las más complejas que tiene un presidente. No se puede culpar a López Obrador por haber tenido que decidir entre que la presa Peñitas, con buena parte del sistema Grijalva, pudiera sufrir un accidente catastrófico o dejar fluir las aguas que hubieran inundado por completo Villahermosa, a salvar la ciudad y terminar inundando, como ocurrió, la Chontalpa y otras regiones muy pobres del estado de Tabasco. Optó por la decisión que consideró menos costosa, probablemente lo era, y así ocurre a la hora de gobernar. Se debe elegir entre malas opciones, la que parece la mejor.

De lo que sí se debe responsabilizar a la actual administración (y a la anterior) es que no se haya avanzado en los programas que se pueden establecer para evitar que, con mayor o menor intensidad, se inunde Tabasco y su zona limítrofe con Chiapas todos los años en estas fechas. En la administración de Calderón se emprendieron, en Chiapas, algunos de los proyectos que están planteados por la Comisión Nacional del Agua y la CFE desde hace décadas (tuve oportunidad de conocerlos y recorrer durante días la zona durante el gobierno de Ernesto Zedillo, precisamente porque se presentó una situación muy parecida a la actual, con una fuerte inundación que entonces castigó duramente a Villahermosa, cuando Roberto Madrazo era gobernador) para aligerar las cargas fluviales y darles distintas salidas, pero era imprescindible continuar esas obras, cruzar Tabasco y darles una salida al Golfo de México. Son obras muy importantes y costosas, que afectan intereses (cruzan zonas que se “secaron” para convertirlas en ganaderas, aunque ello nunca se logró del todo) y que no lucen. Pero que evitarían las inundaciones anuales que sufre la entidad.

No sobran recursos, pero si de lo que se trata es de favorecer al estado, que vaya que lo necesita, se podría optar por dejar de lado esa inversión alta y absurda que es la refinería de Dos Bocas, mal concebida, mal ubicada y estratégicamente inútil. Costará entre nueve mil y 12 mil millones de dólares, según los cálculos oficiales, y servirá de poco o nada.

El futuro de la energía no pasa por el petróleo, y menos en nuestro caso, donde la producción cada año es menor, salvo que se encuentren grandes yacimientos en el Golfo de México, una tarea costosísima y de la que se deberían encargar empresas privadas, porque el riesgo de inversión sin regreso es muy alto. Pero estamos apostando al petróleo que hoy no tenemos y a regresar a las labores monopólicas de CFE y Pemex. Ambas deberían trabajar en competencia y sociedad con empresas privadas y funcionar con costos y operaciones competitivas. Hoy son deficitarias a pesar de todo el apoyo que les brinda el Estado. Y Dos Bocas es una forma más de invertir dinero bueno en proyectos malos.

Apenas este fin de semana, la española Repsol, siguiendo el camino de las grandes empresas energéticas mundiales, ha decidido mantenerse en el negocio del petróleo (la idea no es salirse de él, tampoco aquí), pero concentrará sus nuevas inversiones globales en energías renovables y gas. Son miles de millones de dólares en inversiones en cinco años. El objetivo de potencia verde de Repsol es de siete mil 500 MW en 2025, una cifra que podría llegar a duplicarse en una década. En eso están las empresas energéticas. Todo este proceso a nivel global se incrementará en forma notable con la llegada de Biden a la Casa Blanca, quien enarbola un programa para una profunda reconversión energética en su país, basado en energías renovables y gas.

Muchas inversiones como esta, provenientes sobre todo de EU y Canadá, las estamos perdiendo porque la política energética del Gobierno federal va en el sentido inverso y, además, con recursos mal aplicados. Y Dos Bocas es el mejor ejemplo.

Nada ayudaría más a Tabasco que realizar las obras hidráulicas que el estado requiere para mitigar la maldición anual de las inundaciones. Nada ayudaría más al país que canalizar las inversiones estratégicas en proyectos rentables a largo plazo y no en la reedición de políticas que se aplicaron en los años 70 y 80, en otro mundo y otra realidad. Esa también se llama razón de Estado y es una forma de optar entre alternativas que para algunos pueden ser todas malas, pero unas, las actuales, son mucho peores que las otras.