Opinión

¿Equilibrio entre salud y economía?

Desde que la pandemia por el Covid-19 empezó a hacer estragos en todo el mundo, las voces empresariales de muchos países se empeñaron en pregonar sobre la búsqueda de lo que llaman un adecuado equilibrio entre la salud y la economía

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 21 noviembre 2020 | 06:00

Desde que la pandemia por el Covid-19 empezó a hacer estragos en todo el mundo, las voces empresariales de muchos países se empeñaron en pregonar sobre la búsqueda de lo que llaman un adecuado equilibrio entre la salud y la economía. Como toda expresión en franca usanza no tardó en llegar a nuestro país. Y aquí en Ciudad Juárez, no falta entrevistado en los medios de comunicación que la haga suya, elevándola casi a manifiesto programático.

La fórmula es parte de la moda del balanceo. De pronto, todos nos hemos vuelto algo así como deportistas de la ponderación, o si se quiere, equilibristas de lo cotidiano, pero también de lo trascendental. Buscamos a toda costa balancear lo que no necesariamente tiene que ser balanceado. Cuando se habla de un equilibro o balanceo, lo primero que se entiende es que uno de los dos elementos que se van a subir a la pesa, tendrá necesariamente que sufrir una merma o un menoscabo, si no es que ambos. Quitamos unas pocas cebollas de un lado y varios tomates del otro para que emerja la ficción del equilibrio. Sin embargo, aquí lo que está en juego es la vida de muchas personas. Por tal motivo la fórmula podría suplirse por otra: equilibrio entre la muerte y la economía.

Así, de primera intención, pareciera que la fórmula del equilibrista lo que busca es administrar la muerte. Quizá no se percata que en el ansiado balanceo lo que está en juego es la vida de miles de personas. Una economía se puede recuperar, la vida se acaba y ya no hay vuelta de hoja. De forma que, la postura del equilibrio entre salud y economía es tramposa. Permite presentar el aspecto de la producción, distribución y consumo de bienes como algo que puede medirse, al tú por tú, con un bien básico, como la vida o la salud de las personas. Eso es erróneo, si bien en una sociedad que intenta presentarse como deliberativa y democrática no hay lugar para el absolutismo en torno a los principios o valores, poner en un mismo plano “la economía” y la vida suena irrisorio.

Por supuesto, con lo anterior no se afirma que debemos cerrar las cadenas de producción ni autoritariamente cerrar negocios o restringir, al tenor de una vil ocurrencia, su funcionamiento. Hoy, Chihuahua está en ascuas esperando en qué consistirán los alcances de las nuevas medidas de un rojo “matizado” que, se espera, flexibilice un poco la situación. La gente necesita sus fuentes de empleo, sobre todo en tiempos tan difíciles. Lo que se objeta, simplemente, es la posición de querer entronizar, en el discurso, el planteo económico para ponerlo al nivel de la vida o la salud de las personas.

Al hacerlo, sin quererlo o no, se genera una implicación que no es menor, pues al poner los elementos en juego para jugar a la balanza, se diluye, en el imaginario colectivo, la preeminencia que debe tener la salud, quedando ese derecho fundamental expuesto a ser medido o comparado con cualquier otro elemento, derecho o factor, independientemente de su relevancia.

Si, desde hace muchos años, el gobierno mexicano y en particular los gobiernos del estado de Chihuahua, hubieran tomado en serio el derecho a la salud, quizá la situación no estaría entre los linderos de una auténtica tragedia. No se puede llamar de otra forma a una insuficiencia hospitalaria que ha dejado cientos de muertos en sus hogares. El drama que actualmente viven muchos juarenses –y la imagen se repite en gran parte del país- evidencia que la salud nunca ha sido una prioridad para el Estado mexicano. Una pandemia cuyos efectos en la salud debe ser enfrentada mediante una real coordinación de esfuerzos individuales y colectivos, tanto públicos como privados, es desafiada al interior de las viviendas mediante la automedicación y la encomienda a entidades divinas. Ante la falta de apoyo oficial, de pronto cientos de juarenses tuvieron que asimilar la faena de la dosificación del oxígeno, en situaciones de escasez y angustia.

En efecto, estaban solos.