Opinión

Juego político-electoral

Somos ya el tercer país con mayores afectaciones después de Estados Unidos y Brasil y hemos desplazado de este deshonroso lugar a la Gran Bretaña

Jorge Fernández Menéndez
Analista

viernes, 31 julio 2020 | 06:00

Ciudad de México.- Seguimos con el show del avión presidencial e incluso, aunque éste se encuentre en otro nivel, de las declaraciones de Emilio Lozoya, pero el mundo real, el que vive la enorme mayoría de la población, transita por otros caminos.

Hemos ya sobrepasado los 400 mil contagios de Covid y las 45 mil muertes, somos ya el tercer país con mayores afectaciones después de Estados Unidos y Brasil y hemos desplazado de este deshonroso lugar a la Gran Bretaña. No debe ser casualidad que estos cuatro países, en los cuatro casos con gobernantes populistas, ocupen esos primeros lugares de contagios y muertes.

Y no lo es porque en los cuatro casos coincidieron comportamientos similares (atenuados en el caso de Gran Bretaña luego de que el primer ministro, Boris Johnson, estuviera hospitalizado, grave, por Covid): subestimar originalmente la importancia de la pandemia; incluso ignorar las recomendaciones de los expertos internacionales; apostar a la inmunidad de grupo; no utilizar cubrebocas y no impulsar el distanciamiento social, y descartar, al contrario de como lo hicieron todas las naciones más o menos exitosas contra la pandemia, las pruebas, primero masivas y luego dirigidas, para dar seguimiento a los distintos sectores de la población. Las consecuencias están a la vista y hemos tenido que reabrir la economía en pleno pico de la pandemia, cuando ambas crisis, la sanitaria y la económica, alcanzaban ya niveles inmanejables.

La dimensión de lo que estamos viviendo no termina de ser visualizado plenamente, por lo menos no por la mayor parte de la población, pese a que esa mayoría ha comenzado a vivirla. Muchos creen que las dificultades son parte de la emergencia y que pasada ésta vendrá, como se asegura desde el Gobierno federal, la recuperación, pero no será así, hemos perdido en estos meses más de una década de desarrollo y muchas de las políticas públicas adoptadas en poco o en nada ayudan en la recuperación.

Los datos son abrumadores: el índice de Actividad Económica cayó a una tasa anual de menos 21 por ciento en mayo. El 46 por ciento de la población económicamente activa perdió sus ingresos y sólo el cinco por ciento ha recibido algún apoyo del gobierno, mientras que el 93.2 por ciento de las empresas han sufrido el golpe de la pandemia, miles han quebrado, pero sólo el 7.8 por ciento recibieron algún apoyo gubernamental y se trata exclusivamente de muy pequeñas empresas o changarros. Se han perdido un millón 200 mil empleos en cuatro meses y 12 millones de personas no tienen trabajo ni ingresos.

Con ese escenario no deja de asombrar que no haya un plan de reactivación, ni un solo programa de apoyo a empresas y trabajadores. Los empleos y las inversiones perdidas en el sector energético, en la cancelación de contratos de plantas de generación de energía, el desprecio a las inversiones en energías limpias y gas, en la cancelación del aeropuerto o de la planta cervecera, la concepción equivocada de que un apoyo asistencial para jóvenes o de Sembrando Vida o de personas de la tercera edad es equivalente a un trabajo y a un ingreso fijo tendrá un costo muy alto en términos sociales y económicos. Lo mismo que una mal entendida y procesada austeridad gubernamental que no sólo hacen al gobierno cada día más ineficiente, sino que también lo convierten no en un impulsor del desarrollo, sino en un lastre del mismo.

En ese escenario, convertir un avión en el eje de un debate cotidiano y las comparecencias de Lozoya como estrategia de gobierno pueden entenderse como parte del juego político y electoral, pero lo que es incomprensible es que la crisis sanitaria, económica y de seguridad se termine ignorando o subordinando a esos juegos. Las consecuencias serán profundas y difíciles de superar.