Opinión

Las mañaneras son un exceso propagandístico

Los mensajes que pronuncia el presidente Andrés Manuel López Obrador cada mañana, son un exceso del monopolio propagandístico oficial

Rubén Iñiguez
Periodista

martes, 01 septiembre 2020 | 06:00

Los mensajes que pronuncia el presidente Andrés Manuel López Obrador cada mañana, son un exceso del monopolio propagandístico oficial. El conjunto de medios de los que dispone, como lo son la televisión, la radio, las redes publicitarias de youtubers que gozan de subsidio federal, más el enjambre impresionante de bots a favor de AMLO, constituyen una fuerza de propaganda sin igual en México. Sumemos también a medios de comunicación y revistas simpatizantes, además las de las líneas que, en forma extraoficial, regulan a la prensa grande de los periódicos. Esto representa un panorama grave que atenta a la libertad de expresión. Una muestra de este tipo de comunicador es Gibrán Ramírez, cuyo propósito no era pluralizar el debate y realizar en forma constructiva una crítica para la 4T. Paso de la incondicionalidad a mostrar su verdadero interés: Dirigir a Morena, para dejar de ser un intelecto en su torre de marfil y ser ahora un “nerd” en el combate político dentro de esa arena de búsqueda de interés personal, motor principal de los aspirantes a cargos públicos o partidistas. Las mañaneras se han distinguido por ser el medio personal del presidente de comunicarse, pero han tenido tres vertientes: Lanzar ataques contra los disidentes, la repetición de consignas y temas relativos a la ideología de Morena, y en tercera vertiente, fomentar la división nacional. No es sólo el formato regulado de esas supuestas ruedas de prensa, rodeadas de “paleros” que hacen la coreografía de una conferencia de prensa. Los invitados están previamente depurados y seleccionados, y eventualmente alguna figura de primer orden como Jorge Ramos Avalos, de Univisión, aparece para cuestionar. Claramente el presidente y todo ciudadano en este país tiene derecho de expresión y este cubre el de réplica la defensa de sus posturas, de sus ideas y textos. Pero observemos: El presidente López Obrador es prácticamente el “gran orador” de los aztecas, el sumo sacerdote del culto cívico e histórico nacional, con la historia de bronce moldeada a su arbitrio; pero también como comunicador goza de privilegios que solamente los tiene un emperador mediático. El Estado tiene poder de coerción. Basta la insinuación para que la burocracia o los esbirros de las redes emprendan el linchamiento del disidente. El presidente que se escuda en otros datos, puede blindarse con información privilegiada de sus secretarias, organismos de inteligencia, asesores legales, históricos, sociales, y adicionalmente tiene los informes de seguridad nacional, derivados de la vigilancia (no diré espionaje) de la SEGOB y de las Fuerzas Armadas en su conjunto. Además de recibir información diplomática especial. Por ello resulta tan absurdo que en las mañaneras el presidente equivoque datos, y hasta su epidemiólogo de cabecera confunda sus cifras, y pretenda dolosamente dar información falsa. Las mañaneras carecen de información sólida, no abastecen de datos o documentos, sólo ataques. La divulgación de demandas de Lozoya, se hizo de forma “espontánea” una vez que el propio presidente lo externó. Toda gira en torno a la palabra del emperador, sus contradicciones se hacen notorias cada vez más. Anteriormente el uso de la palabra del presidente estaba limitado, los grandes políticos insistían en no aparecer diariamente, ni enviar mensajes frecuentes. Los temas nacionales se desgranaban en festejos cívicos importantes, y eventualmente se realizaban ruedas de prensa abiertas a los periodistas acreditados nacionales y locales sobre puntos focales de la información. Ya en tiempos recientes, se buscaba evitar la exposición. Ahora, el emperador hace lo contrario. El exceso de discurso era evitado. Los temas de debate se dejaban a foros bien publicitados de expertos en los temas, principalmente en universidades, academias, o en actos partidistas por los más brillantes expositores. En los años dorados para AMLO los sesentas, los subsidios a los medios mayores, la Hora Nacional, y eventualmente las transmisiones de RTC eran a los actos de importancia, la forma de presentar la imagen del gobierno. A mayor difusión, a mayor frecuencia, mayor desgaste y finalmente indiferencia. Mucha gente omite ya sintonizar la mañanera, pues siempre lo mismo, dicen. A propósito, veamos un ejemplo: “Siempre en domingo”, fue un programa de variedad presentado por Raúl Velasco, que compartió la hegemonía mediática con Jacobo Zabludovsky, y su noticiero “24 Horas”. Siempre en domingo, que duró cerca de 20 años al aire y comenzó con una duración de 8 horas. La presentación de variedades, incluso el tocar temas interesantes en forma de debate, y la promoción que suponía para un artista llegar ahí, era sin duda, exponencialmente algo muy benéfico. Sin embargo, cansaron, el programa comenzó a reducir sus tiempos, a la par que bajaba su audiencia, hasta la desaparición. A pesar de que su propósito era de entretenimiento, en tanto que las mañaneras tienen un propósito de gobierno, de política, y de información oficial. Aburrirán mucho más pronto de lo que AMLO tiene pronosticado. Ningún político hubiera asumido el riesgo de esta medida, de no haber gozado de índices de aprobación que llegaron al 70 por ciento, sin embargo, esos números de popularidad siguen en descenso a tal grado que son más los que están en contra que a favor del presidente. Fue en los gobiernos de izquierda como el caso de Cuba en que Fidel Castro siendo un gran orador, exageraba en sus discursos kilométricos, que luego eran repetidos en todo, además se ampliaban a carteles, a pintas en muros y paredes. Ya no era su aguda dialéctica, o su cultura política lo que terminaban por rendir a los cubanos, sino la duración maratónica de sus mensajes. Sin embargo, hay un común denominador en los mandatarios populistas, como es el caso de mismo Donald Trump, les encanta hablar, aparecer, twittear y hostilizar a la prensa disidente. El dominio de la comunicación y la supresión de los medios no alineados, como fue el caso de Nexos recientemente, es la aspiración de los jerarcas populistas. Sumemos a esto, las encuestas mal hechas, dominadas y manipuladas con descaro, para “ratificar” o “convalidar” las decisiones” del emperador con un barniz de democracia pueblerina. Ciertamente es un fenómeno novedoso, un recurso formidable, pero todo el exceso corrompe. La mañanera también ha tenido una consecuencia de la ligereza de su formato, y de protagonismo de su conductor, el emperador. Ha incurrido en mentiras comprobadas, y se han hecho estudios de que hasta un 60% de su contenido no es verídico, el resto es “sesgado” o tendencioso. Estamos frente a un caciquismo comunicativo, derivado de la personalidad del emperador actual, por ello habrá que legislar para evitar los excesos, administrar los tiempos, pero para ello necesitaremos un Congreso Plural e independiente del ejecutivo. Si el medio es el mensaje, la mañanera, es más un instrumento de enajenación, que de vitrina del quehacer oficial. Su principal defecto es creer que es “perfecta” como lo es el emperador azteca, adicionada con su lenguaje pausado haciendo referencias al pasado, a los años sesentas, cuando la estatización era el mito de moda y el presidente, poseedor de un poder total sin nadie a quién rendir cuentas.