Opinión

Paridad en las gubernaturas (II)

En lo personal, no me interesa si un partido postula a 15 mujeres a las gubernaturas o a ninguna, ni tampoco si postula a 15 hombres o a ninguno. La capacidad de los personajes políticos no depende de los genitales

Sixto Duarte
Analista

martes, 17 noviembre 2020 | 06:00

En lo personal, no me interesa si un partido postula a 15 mujeres a las gubernaturas o a ninguna, ni tampoco si postula a 15 hombres o a ninguno. La capacidad de los personajes políticos no depende de los genitales. ¿No se la ha pasado diciendo la progresía que el género es solo una construcción social? De ser así, entonces, ¿le permitirán a un hombre que se registre como mujer si se asume como tal ante el órgano electoral? Existe bastante incongruencia en las fuerzas “progresistas” que solo lo son de forma selectiva.

En Chihuahua, podemos advertir que dentro del PAN, una mujer, María Eugenia Campos, encabeza todas las encuestas internas de su partido, y por amplio margen, frente a sus competidores hombres. En el PRI, igualmente, podemos advertir que Graciela Ortiz aparece muy bien posicionada para la postulación tricolor. Estos son ejemplos de madurez política en la entidad.

Por otro lado, podemos encontrar ejemplos de cómo muchas veces la malentendida paridad de género, ha sido el instrumento para que muchas mujeres repitan en los cargos a los que se han postulado, sin abrir el abanico a la participación masiva de otras mujeres. Tomemos como ejemplo el PRI. En sus estatutos, se incluía antes que en ningún partido la cuota de género; a partir de 2014, se elevó a rango constitucional la paridad en las candidaturas. A pesar de ello, en Chihuahua, por ejemplo, desde 2006 las candidaturas a posiciones de representación legislativa federal en ese partido se han repartido a las mismas cinco mujeres en 12 años (hasta 2018) habiendo ejemplos de hasta tres postulaciones consecutivas.

Debemos decir que toda ellas han demostrado sobrada capacidad en las tareas que han desempeñado, sin embargo, este es un ejemplo de cómo garantizar el acceso igualitario a las mujeres no se ha traducido en mayor participación de las mismas. En este ejemplo, participan las mismas mujeres que ya participaban antes de la reforma constitucional de 2014, y que lo hacían en igualdad de circunstancias que los hombres de su partido.

Regularmente, cuando se habla de temas tan polémicos como estos, se voltea a ver a otras partes del mundo, en un ejercicio quizá inconsciente de derecho comparado, para verificar en qué otras latitudes ocurren situaciones similares. Cuando se trata de derechos de la mujer, regularmente se voltea a ver a los países escandinavos, tales como Noruega. En este caso, en Noruega, no se encuentra garantizada la paridad a nivel constitucional, sino a través de compromisos voluntarios que asumen los partidos políticos. Lo mismo sucede en el Reino Unido y en Estados Unidos. Evidentemente si un partido político no postula suficientes mujeres, perderá voto femenino.

Jacinda Arden en Nueva Zelanda, Angela Merkel en Alemania, Margaret Thatcher en el Reino Unido, y más recientemente, Kamala Harris en Estados Unidos, compitieron y vencieron a sus competidores hombres sin necesidad de un marco que obligara a sus respectivos partidos a postularlas por el hecho de ser mujeres. Creo que las cuotas de género, en gran medida, van perpetuando lo que precisamente quieren erradicar, pues postular a alguien cuya credencial es el hecho de haber nacido mujer, no viene a reivindicar la lucha de género, sino que únicamente garantiza otorgarle un puesto público.

Justo como lo decía el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa (Nuevas Inquisiciones II, El País, 15 de junio de 2019) en relación con la supuesta baja participación de mujeres en una feria del libro: “Vaya tontería. El único criterio aceptable en este campo es el de la calidad, no la cantidad. Nada sería tan ofensivo y discriminatorio para las mujeres que ser invitadas a las conferencias como bultos o números, a fin de llenar un cupo aritmético, que fingiría respetar la equidad y más bien la volvería una caricatura, es decir, la haría trizas”.

Seguramente muchas me tacharán de machista, misógino, y todos los calificativos que se les puedan ocurrir. En lo personal creo que escoger a una mujer a un puesto representativo o de gobierno, por el hecho de ser mujer, es en sí una postura más misógina de lo que parecería, justo como lo expresa Vargas Llosa. Paradójica y quizá inconscientemente, se está creyendo que la mujer no puede competir con el hombre en igualdad de circunstancias, y requiere un espacio donde no tendrá que competir contra ellos para llegar a las mismas posiciones de poder. A pesar de ello, exhorto a quienes deseen discutir el presente tema, a presentar argumentos con bases, y no descalificaciones de carácter impulsivo.