Opinión

Tiempos oscuros

México reporta (dudosamente) unos 65 mil muertos debido al virus; más de 65 mil y contando, mientas se discuten fatuidades y se lucha por el poder y se grita a todo pulmón que estamos mejor que nunca

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 06 septiembre 2020 | 06:00

“Somos un pueblo pascual

y nuestro canto es 

¡aleluya!”

S. Agustín

Coronavirus España directo: Sanidad registra ocho mil 115 casos de Covid-19, dos mil 731 en las últimas 24 horas; sin tantos semáforos; ¿Qué garantiza el semáforo? El virus continúa su marcha triunfal, tristemente. Incluso puede aguardar, no tiene prisa. EU, es un pandemónium, el peor del mundo en víctimas y contagios. Sigue Brasil donde ya han demandado al presidente por la forma errática en el manejo de la pandemia. Lo hacen responsable de esas muertes. Aquí la frontera se cierra mes a mes. Se levantan muros, las campañas políticas se enardecen y el virus ríe, si es que tiene esa capacidad. No lo sé. A lo mejor sí. Mira cómo los traigo. 

México reporta (dudosamente) unos 65 mil muertos debido al virus; más de 65 mil y contando, mientas se discuten fatuidades y se lucha por el poder y se grita a todo pulmón que estamos mejor que nunca; a esas víctimas que solo conocen  y lloran sus deudos, les dedicaremos unos minutos de silencio; no sabemos para qué les sirvan esos silencios, nunca los sabremos, pero a los vivos, a los que ambicionan el poder y luchan encarnizadamente para hacerse con él, si les sirve. Además, es barato. Y es que la peste, dice Camus, había quitado a todos la posibilidad de amar e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes. Más de 65 mil muertos lo atestiguan, aunque guardemos un respetuoso silencio. Algunas veces se ha eliminado el virus por decreto. Ya ve usted que también por decreto se encontraron los restos de Cuauhtémoc hace tiempo.

A las víctimas del Covid añadamos un número desconocido de asesinatos, mayor al número de víctimas del virus. No obstante que estamos mejor que nunca, la matazón sigue su marcha. El mismo día del informe, al tiempo que se anunciaba el final de las masacres, se consumaba una en Cuernavaca. También aquí desconocemos los números. El Diario publica que durante la actual administración estatal suman nueve mil 347 homicidios. Aquí, como en el resto del país, no cuentan los desaparecidos, los calcinados, los disueltos en ácidos o hechos pozole, los inhumados en la clandestinidad, los asesinados en las regiones apartadas de los centros de poder, a donde no llegan los medios, etc., etc.; todo sumado, el Covid y la rabia fratricida, ofrece un panorama desolador. En el fondo, se trata de la bancarrota del espíritu. 

En tales circunstancias la pandemia viene como anillo al dedo, porque, dice Camus, la peste había borrado la tabla de valores. Esto porque la peste, como se llame en cada uno de sus momentos, gripa aviar, española, Covid, etc., no es de ahora; lo que Camus denuncia es la decadencia moral de Occidente; esa es la peste. El virus es aquello que hace posible las peores infamias, las peores injusticias, la más grande indiferencia ante el “sufrimiento de los demás”, el que hace posible las más grandes y descaradas mentiras, la facilidad para mentir, manipular, engañar, comprar conciencias. Y votos. Ese es el ambiente verdaderamente contaminado. 

Pero vivimos en este mundo. Cuando intentamos hacer oración y situarnos ante el Creador, nos enfrentamos, al mismo tiempo a este mundo, así como es. El mundo de los hombres, mujeres, cosas tal como existen actualmente: mundo de hambre y pobreza, de corrupción, de tensiones políticas por doquier, de tráfico de drogas a escala mundial y, por lo tanto, consumo a escala global, de injusticias, sexista y racista; un mundo que anhela la paz y que ha vivido muchos años bajo la amenaza de guerras, revoluciones, protestas. Así es nuestro mundo, aunque nosotros no lo hayamos escogido. Y las generaciones que van llegando no sabemos a ciencia cierta qué encontrarán. Y aunque nosotros no nos sintamos culpables de todos estos desajustes “en la tierra de los vivos”, sin embargo, tenemos que asumir nuestra responsabilidad ante el futuro. 

En 1966, Thomas Merton, contemplativo y activo monje trapense norteamericano, escribía: “A mí no me consultaron si tenía que nacer en 1915, si tenía que ser contemporáneo de Auschwitz, Hiroshima, Vietnam… Sin embargo, me guste o no, son acontecimientos que me comprometen profunda y personalmente”. Y luego explica que cuando hablamos del mundo, necesitamos verlo como el sitio de la actividad humana, donde toda clase de motivaciones humanas -algunas honestas y convincentes, otras equivocadas y engañosas– actúan y se entreverán. “El mundo no es un simple espacio físico, surcado por aviones y lleno de gente que corre en todas direcciones. Es un conjunto de responsabilidades y decisiones formadas por amores, odios, miedos, alegrías, esperanzas, codicia, crueldad, bondad, fe, confianza y sospecha de todo”. (W.H. Shannon. Silence on fire). ¡Qué complejidad! Pero es, a la postre, la triste condición humana. ¿Quién nos librará de esta carne mortal, sometida al pecado, a la desintegración?, dice Pablo a la engreída civilización antigua. Y a la de ahora. 

Frente a un mundo tan opaco, o más bien, tan oscuro, algo estoy llamado a hacer por la verdad, por la luz; hemos vivido tiempos que nos eran desconocidos y cuyas consecuencias aún nos atosigan y lo harán por un tiempo indeterminado; se ha derrumbado, o por lo menos, resentido todo aquello que era nuestro orgullo de hombres postmodernos; hemos recordado, tal vez, aquello que dice el Salmo, que no somos más que polvo, flor que por la mañana florece y por la tarde se marchita. 

En estos momentos de dudoso optimismo vienen muy bien las palabras finales de La Peste puestas en la boca del Dr. Rieux. Camus quiere procesar la experiencia para que no se pierda su sentido, su mensaje. Y el doctor es el narrador que da origen a la novela. Mis sufridos lectores sabrán que desde el día que apareció el virus, he seguido el filo filosófico del “hombre rebelde”, Camús. Las palabras conclusivas de la novela son para meditarlas. Helas aquí.

El Dr. Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que callan, para atestiguar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Pero sabía, sin embargo, que esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos. 

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esa alegría está siempre amenazada. Pues sabía que esa muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa. 

En México mil 320 médicos y enfermeros(as), han muerto cumpliendo su trabajo; “ellos no pudieron ser santos, se negaron a admitir las plagas y se esforzaron, no obstante, en ser médicos”. Pero ¡vaya!, que fueron santos y mártires. Sí, “algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.   

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