Opinión

Un 11 que no se olvida

Cómo olvidar esas imágenes cuando se caían las Torres Gemelas

Carlos Irigoyen
Analista

viernes, 11 septiembre 2020 | 06:00

Era martes, me tocaba dar una clase de promoción de ventas, y llegando al salón me dice un alumno “considero que deberíamos de parar la clase para ver la tele”. ¿A razón de qué o por qué? le respondí, sin más puso el televisor y el resto fue historia; toda la mañana fue de estar revisando portales de noticias, la televisión, la radio; la información al igual que confusa era desgarradora.

Inverosímil, delirante, agobiante; la nación más poderosa del mundo había sufrido un ataque en sus centros financiero, militar y político, emplazada a reescribir todos los protocolos de seguridad existentes; como frontera no fuimos la excepción alterando para siempre la interacción entre Las Cruces, El Paso y Ciudad Juárez. 

Cómo olvidar esas imágenes cuando se caían las Torres Gemelas, personas desesperadas por evitar la muerte por quemaduras prefiriendo morir aventándose al vacío, lo que antes representaba el orgullo neoyorquino, hogar de diferentes nacionalidades, una moderna Torre de Babel, había quedado reducida a dolor, a búsqueda, a no encontrar los por qué, a sinónimo de orfandad, ahí se interrumpieron los sueños, las ilusiones de al menos tres mil familias, el colapso lo atestiguaron con sus heridas más de seis mil personas; todo bajo toneladas de escombro.    

La vida fronteriza siempre tan activa en contadas ocasiones ha tenido interrupciones en su dinámica binacional. En 1920, la Ley Volstead le dio la oportunidad al lado mexicano de recibir miles de turistas de Estados Unidos que buscaban tener un rato de esparcimiento acompañando de alcohol. En la Gran Depresión de 1929, el impacto económico comenzó a generar la migración de los agricultores mexicanos que exitosamente trabajaban con el algodón. En los 60 la industria del “divorcio express” atestiguo un movimiento inusual de personalidades realzando el turismo. La implementación del programa de la maquiladora como el eje del desarrollo central de la economía de la región. La agitación política del “verano del 86” con la toma de puentes internacionales. Las crisis económicas de 1982 -y en particular- la de 1995 que convirtió el centro de El Paso en un pueblo fantasma, ninguna castigó tanto como el 11 de septiembre del 2001.

A partir de ese 11 de septiembre la herida que había sido producida a miles de kilómetros quedaba abierta, en un eterno proceso de cicatrización, bruscamente reabierta el 3 de agosto de 2019 con el tiroteo en Walmart y al día de hoy acentuada con el efecto de la pandemia con el cierre de las fronteras por parte de las autoridades norteamericanas; y es que todas estas situaciones tienen una referencia de porqué ocurrieron, el 11 de septiembre es una amalgama de suposiciones.

En Nueva York, el lugar es llamado la “zona cero”, en la historia es el ataque más grave de la historia moderna de los Estados Unidos, en la mente y el corazón de millones de habitantes del mundo el recuerdo del dolor, la desesperanza e incredulidad de lo que estaba pasando en tiempo real, pocas ocasiones se ha visto un ataque de tal envergadura transmitido en tiempo real. Buscar él porqué es seguir revolviéndose en las conjeturas, el para qué se convierte en la pregunta relevante; quizá aún no hemos entendido a profundidad el objetivo de tan dolorosa enseñanza. Como fronterizos y parte de una dinámica global, ¿qué tenemos que aprender de vivir con la incertidumbre de que pueda volver a ocurrir un evento de este tipo? Aprendizaje muy doloroso, no hay que desperdiciarlo.

Porque parece que hoy a 19 años, la lección aún no ha sido del todo aprendida, la frontera contantemente tiene fricciones que cuando ocurren eventos como el 11S , desafortunadamente no tienen una respuesta rápida y efectiva, son eventos sumamente complejos y multidisciplinarios.

Aquel evento trastocó la vida social al quebrar la movilidad entre las ciudades, golpeó la economía porque no se dio el tránsito de mercancías, hubo que remover la escena política para solventar los problemas binacionales bajo las mejores formas disponibles. 

A 19 años, varios de sus protagonistas ya han muerto, los programas de seguridad se incrementaron de forma considerable, hay quienes le apuestan al “make American great again”; y a pesar de todo, el sentimiento de vulnerabilidad sigue estando presente, fuerte como si en algún fatídico momento se pudiera volver a presentar el escenario. Han sido tantas las amenazas de diversidad de grupos que poco abonan a la construcción de una paz que se ve fuera del alcance. Imagine usted -y tocamos madera- que sucediera un ataque como el de 2001, ¿estarán las estructuras políticas, económicas, de seguridad, políticas y sociales aptas para recibir un golpe de esta naturaleza? Después de toda la enseñanza que históricamente hemos tenido, ¿tendremos la frontera algún tipo de planeación para apoyarnos entre las ciudades con respuestas a eventos tan abrumadores? 

Un respetuoso recuerdo a todas las víctimas y sus familiares, ojalá que aquella dura lección nos sirva como humanidad a valorar más la vida en si misma ante situaciones difíciles.